Los dulces heraldos negros que trae el conocimiento

Hoy no solo se celebra el día del libro, hay un centenario muy especial para neurocientíficos y vascos. Brindamos un breve homenaje a la obra y al fallecimiento de un científico español de talla internacional, injustamente poco presente en los libros de historia de la ciencia.

«Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!», decía César Vallejo. Así es, la vida nos trae algunos embates «tan fuertes» que son difíciles de encajar y que no sabemos como gestionar. En nuestras biografías somos avisados en alguna ocasión por los heraldos negros que trae la muerte e, incluso, seremos esos mensajeros que traeremos malas noticias. El título del poemario «Los heraldos negros» de Vallejo refleja esta realidad que todo ser humano ha vivido. El poeta peruano evidencia que «la resaca de todo lo sufrido» se empoza «en el alma». Son charcos donde todo se vuelve barro y de donde no se puede salir.

Los_heraldos_negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

El poemario de Vallejo se publicó en 1919, sin embargo está fechado en 1918. La razón no es otra que la espera infructuosa de un prólogo por parte de Abraham Valdelomar. El prólogo nunca llegó, pero sí lo hizo la muerte de su amigo en 1919, al caerse en una zanja de seis metros. Una leyenda, posiblemente popularizada por sus detractores, cuenta que cayó en un hoyo lleno de excrementos humanos. Eso sí que es un golpe fuerte de la vida y bastante empozado.

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Hace hoy (23 de abril de 2018) un siglo del fallecimiento del bilbaíno Nicolás Achúcarro (1880 – 1918). El divulgador y neurocientífico José Ramón Alonso ya publicó un artículo excelente sobre su biografía en 2014; si el lector desea conocerla más a fondo le aconsejo que lea dicho texto. Merece la pena. Aquí solo recordaremos un detalle interesante en su relación con un premio Nobel español y, como siempre, daremos acceso a sus escritos más importantes.

El método de Achúcarro Nicolás Achúcarro fue un extraordinario histopatólogo, especialmente a la hora de preparar muestras en el campo de la neurología. Ideó un método que lleva su nombre y que también es conocido como el método «al tanino y plata amoniacal». El método fue descrito en el Boletín de la Sociedad Española de Biología bajo el título «Nuevo método para el estudio de la neurolglia y del tejido conjuntivo». Gracias a su método, y a las variaciones del mismo, han tenido lugar distintos descubrimientos durante el último siglo (no solo en el campo en que fue descrito). Por ejemplo, el español Pío del Río-Hortega pudo analizar las «células de Hortega», a las que él mismo llamó microglías, aunque ya se habían descubierto unos años antes. Esta técnica de análisis histológico junto a otras, han convertido al siglo XX en el siglo de oro de la investigación neurológica en lo que a la histología se refiere.

Portada del Boletín de la Sociedad Española de Biología. Tomo I, 1912.
Portada del Boletín de la Sociedad Española de Biología. Tomo I, 1912.

Primera página del breve artículo (solo tres páginas) donde Achúcarro describía su método. 1911.
Primera página del breve artículo (solo tres páginas) donde Achúcarro describía su método. 1911.

Los heraldos negros que trae el conocimiento Achúcarro fue el heraldo negro que descubrió la enfermedad que aquejó a Santiago Ramón y Cajal en la última década de su vida. El propio Cajal le consultó cuando empezó a notar algunos síntomas.

«De día en día notaba al abandonar la tertulia del café, donde departía con los amigos acerca de todo lo divino y humano, que mi cabeza ardía, sin que moderasen la sofocación el paseo ni el silencio absoluto. Cierto día, después de una sesión fotográfica, la congestión cerebral alcanzó tal agudeza que me obligó a consultar al sabio y simpático doctor Achúcarro, compañero de laboratorio. Me examinó, y previas algunas precauciones oratorias y eufemismos piadosos, lanzó el terrible veredicto: «Amigo mío, ha comenzado la arterioesclerosis cerebral de la senectud. ¡No hay que alarmarse! Estamos al principio y un buen régimen atajará el progreso del mal.» Recetóme el yoduro de potasio, me aconsejó mesura al hablar y escribir y me prohibió asistir a locales sobrecalentados».

Pero Cajal se definía «terco y rebelde», así que —efectivamente— duró más de diez años, a pesar de su dolencia. El texto de arriba lo hemos extraído del libro «La vida vista a los ochenta años: impresiones de un arterioesclerótico». Incluso sobrevivió a su circunstancial médico, Achucarro, quien también fue heraldo negro de su propia enfermedad. Nuestro homenajeado bilbaíno se autodiagnosticó un linfoma de Hodgkin en 1915 cuando aparecían los primeros síntomas. La enfermedad e Hodgkin es una leucemia linfocítica y fue descrita 1832 por Thomas Hodgkin (1798 – 1866). Poco a poco Achúcarro iría quedando parapléjico y sufriendo intensos picores y úlceras por decúbito. Falleció el 23 de abril de 1918 y su pérdida fue motivo de sendos artículos escritos por Ortega y Gasset (El Sol) y Gregorio Marañón (El Liberal). Ramón y Cajal ha lamentado que su muerte truncara una carrera científica que podría haber llegado a mayores, pues solo tenía 37 años en el momento de su partida. Nuestro reconocimiento a Nicolás Achucarro en el día del libro, usando las palabras que el Cajal dejó escrita en el Tomo VI del Boletín de la Sociedad Española de Biología (abajo el enlace al texto completo):

«Como todos los caídos prematuramente, no pudo dar la medida de lo que valía; su haber potencial superaba con mucho al actual. Es triste pensar que nos ha sido arrebatado antes de llegar al cenit de su producción científica, a aquella elevada cúspide para la cual no se pone el sol de la gloria, o se pone muy tardíamente».

El Sol (Madrid. 1917). 26-4-1918

El Liberal (Madrid. 1879). 25-4-1918

Artículo donde Hodgkin describía la enfermedad que hoy lleva su nombre.
Artículo donde Hodgkin describía la enfermedad que hoy lleva su nombre.

Dulces heraldos negros Para concluir, otro heraldo negro de su propia muerte fue el ya citado Pío del Río Hortega. Un amigo le practicó una biopsia y él mismo la analizó al microscopio, encontrando un carcinoma que le dio un agónico final. Nadie está preparado para conocer su destino, porque, como dice Vallejo, los golpe «son pocos, pero son», «abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte». Y si pensamos en un rostro fuerte es precisamente el de Pío del Río Hortega, pues irónicamente trabajó gran parte de su vida como director en el Instituto Nacional del Cáncer. Estaba pues acostumbrado a ver lo que vio al microscopio.

«Y el hombre… Pobre… ¡pobre!», nada puede hacer, o tal vez sí. Investigar, seguir descubriendo. Puede que la ignorancia le haga feliz, pero se trata de una felicidad sintética, de plástico y fiambrera. Sigamos buscando el conocimiento porque las infelicidades que nos proporciona son pasajeras y necesarias. Ramón y Cajal investigó sobre su enfermedad par constatar que el tratamiento puesto por Achúcarro era el correcto. Conocer produce angustia, cierto, pero nos da la opción de tomar decisiones e, incluso, de intentar cambiar el futuro. Toma fuerza aquí el oxímoron que nos atrevemos a utilizar al principio del artículo: los «dulces heraldos negros» que trae el conocimiento, porque la libertad tiene su precio.

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Es curioso, César Vallejo fue también su propio heraldo negro. «Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo». Acertó de pleno, murió en la capital francesa un día de lluvia. Joaquín Sabina, gran amante de los poemas de Vallejo, hizo un guiño a este poema en su Contigo:

«Yo no quiero calor de invernadero; Yo no quiero besar tu cicatriz; Yo no quiero parís con aguacero Ni Venecia sin ti».

Fotografía de Nicolás Achúcarro en el Boletín de la Sociedad Española de Biología a modo de obituario. Tomo VII, 1919.
Fotografía de Nicolás Achúcarro en el Boletín de la Sociedad Española de Biología a modo de obituario. Tomo VII, 1919.

Referencias

  • Ramón y Cajal, Nicolás Achúcarro, «Boletín de la Sociedad Española de Biología», 1919, VII: 1-6.
  • Cano Díaz, Pedro, «Una contribución a la ciencia histológica: la obra de don Pío del Río-Hortega», Editorial CSIC, Madrid (1985).
  • Ramón y Cajal, Santiago, «El mundo vista a los ochenta años: impresiones de un arterioesclerótico», Espasa Calpe, Madrid (1941).
  • Zarranz, J. J., Nicolás Achúcarro Lund, (1880-1918), «Neurosciences and History», 2014, 2(2):74-78.
  • Hodgkin, T., On Some Morbid Appearances of The Abosorbent Glands and Spleen, «Medico-chirurgical Transactions», 1832, 17: 68–114.
  • Artículos de Achúcarro en el Boletín de la Sociedad Española de Biología: Publicó diversos artículos en su mayoría en el Boletín, donde también es ampliamente citado otros colegas. Aquí dejamos en enlace al principal (el método) y a los archivos completos del Boletín.

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